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Francisco estaba débil y enfermo, y pensando que tal vez
aquella sería su última Navidad en la tierra, quiso celebrarla de una manera
distinta y muy especial.
Un amigo de Francisco, el señor Juan Velita, era dueño de un
pequeño bosque en las montañas de Greccio, y en el bosque había una gruta que a
Francisco se le parecía mucho a la cuevita donde nació Jesús, en los campos de
Belén, y que él había conocido hacía poco en su viaje a Tierra Santa.
Francisco habló con su amigo, le contó su idea de hacer allí
un “pesebre vivo”, y juntos lo prepararon todo, en secreto, para que fuera una
sorpresa para los habitantes del pueblo, niños y grandes.
Entre la gente del pueblo, Francisco y Juan escogieron
algunas personas para que representaran a María, a José, y a los pastores; les
hicieron prometer que no dirían nada a nadie antes de la Navidad, y, siguiendo
el relato del Evangelio de San Lucas, prepararon la escena del nacimiento. ¡Hasta
consiguieron un hermoso bebé para que representara a Jesús!
La noche de Navidad, cuando todas las familias estaban
reunidas en sus casas, las campanas de la iglesia empezaron a tocar
solas… ¡Tocaban y tocaban como si hubiera una celebración especial!… Pero
nadie sabía qué estaba pasando… El Párroco del pueblo no había dicho que fuera
a celebrar la Misa del Gallo… la Misa de Medianoche….
Sorprendidos y asustados a la vez, todos los habitantes de
Greccio salieron de sus casas para ver qué estaba sucediendo… Entonces vieron a
Francisco que desde la montaña los llamaba, y les indicaba que subieran donde
él estaba.
Alumbrándose con antorchas, porque la noche estaba muy
oscura y hacía mucho frío, todos se dirigieron al lugar indicado, y cuando
llegaron quedaron tan admirados, que cayeron de rodillas, porque estaban viendo
algo que nunca habían pensado poder ver.
Era como si el tiempo hubiera retrocedido muchos, muchos
años, y se encontraran en Belén, celebrando la primera Navidad de la historia:
María tenía a Jesús en sus brazos, y José, muy entusiasmado, conversaba con un
grupo de pastores y pastoras, que no se cansaban de admirar al niño que había
acabado de nacer…
Después, cuando todos se calmaron, el sacerdote, que había
sido cómplice de Francisco y de Juan Velita en aquel secreto, celebró la Santa
Misa, y Jesús se hizo presente en el Pan y el Vino consagrados, como pasa
siempre que se celebra una Misa en cualquier lugar del mundo.
Terminada la Eucaristía, Francisco, lleno de amor y de
alegría, les contó a todos los presentes, con lujo de detalles, la hermosa
historia de la Navidad, y Jesús, “luz del mundo”, llenó sus corazones de paz y
de amor.
Tres años más tarde, Francisco de Asís murió, dejándonos
esta hermosa costumbre de hacer el pesebre todos los años, que a todos nos
gusta tanto.
Fuente: La historia del pesebre
Fuente: La historia del pesebre